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jueves, 3 de febrero de 2011


Matutina - Febrero 2011

Aqui pueden estudiar la Matutina.

Plenitud en Cristo, Ptr. Alejandro Bullon.

* Leslie Daianna.



Io de febrero
Lo veremos
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo
que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos
semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 1 Juan 3:2.

El apóstol Juan es enfático al afi rmar que, en el cielo, “le veremos tal como él es”. Se refi ere a Jesús; y creo que será el momento más emocionante para la raza humana. Porque, en esta tierra, mientras Jesús no regrese, solo podemos relacionarnos con él por medio de la fe, separando diariamente tiempo para estudiar su Palabra y para orar. Pero, en el cielo, podremos verlo cara a cara, tal como él es. ¿No es extraordinario?
Quiero estar allá, y sentir el abrazo de Jesús. Agradecerle por haberme permitido llegar allí; decirle que, en esta tierra, prediqué su Palabra por la fe, y traté de servirlo en humildad. Pero, creo que jamás tendré palabras para agradecerle porque me amó. Si un día llego ante su presencia, no será porque haya hecho algo bueno para merecer esa bendición sino, y únicamente, por el amor precioso de Dios.
El versículo de hoy trae otro pensamiento de ánimo y de esperanza: la vida cristiana es una vida de crecimiento. Juan afi rma: “ahora somos hijos de Dios”. ¿Y antes? Sin duda vagábamos por el reino del enemigo, intentando encontrar la manera de ser felices, sin lograrlo. Pero “ahora”, esto es, en el presente, toda esa antigua vida pasó; hemos crecido. Pero no hemos llegado aún al ideal que Dios tiene para nosotros; aún no se ha manifestado lo que hemos de ser”, dice el apóstol.
Hay un ideal elevado. Demasiado elevado desde la lógica humana. Un día, “seremos como él”. ¡Qué objetivo! ¡Continuar avanzando! A pesar de nuestras posibles caídas. Levantarse y proseguir al blanco porque, con toda seguridad, un día lo alcanzaremos, por la gracia maravillosa de Jesús.
Un día “le veremos”. ¡Este será el fi n de nuestro peregrinaje! Habremos llegado al fi nal de la jornada de dolor y de sufrimiento que el pecado trajo a esta tierra. Nadie más te hará sufrir; la muerte no arrancará más seres queri­dos de tus brazos. No tendrás que llorar tus derrotas, por causa de la natura­leza pecaminosa que te perturba de día y de noche. No habrá más promesas no cumplidas ni decisiones que duran solo una semana. He aquí, todo será hecho nuevo.
¿Te gustaría estar allá? Hoy es el día de buena nueva, hoy es el día de salvación. Recuerda: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifi este, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”.


2 de febrero
¡No h ay diferencia!
Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con los que le invocan. Romanos 10:12.

El avión había despegado, y la niña todavía lloraba. En silencio. Tal vez pensando que, en la intimidad de sus sentimientos, nadie la veía. Pero, después del escándalo que había ocurrido dentro del avión, antes del despe­gue, sería imposible dejar de verla. Un hombre rico y famoso había tomado el lugar que le pertenecía a ella, y nadie fue capaz de sacarlo de allí. Yo no lo oí, pero otro pasajero aseguró que el hombre le dijo a la chica:
–¿No sabes quién soy?
La pobre chica no sabía. Tampoco tuvo el valor de exigir que se respetase un derecho que le pertenecía. Aceptó “voluntariamente” viajar en otro lugar.
¡No hay diferencia! ¡Qué tremenda declaración de Pablo, en un mundo de tantas diferenciaciones! ¿Cuál es la razón que el apóstol da, para que no haya diferencia? ¡La riqueza de Cristo!
Riqueza, en el griego, es plouteo, que literalmente signifi ca abundancia, cantidad más que sufi ciente para todos. Ahora, si tenemos un Dios abun­dante, ¿por qué la mezquindad de pensar que alguien vale más o menos que el otro?
Pero, la realidad de esta vida es el preconcepto. Raza, posición social, reli­gión, dinero; cualquier condición es motivo para sentirse superior o inferior.
En el texto de hoy, Pablo afi rma que las heridas causadas por el precon-cepto pueden ser curadas cuando invocas el nombre del Señor. A partir de ese momento, tu valor se mide por la sangre divina derramada en la cruz. Tu valor y el mío son extrínsecos; quiere decir, no valemos por lo que somos o tenemos, sino por el amor de Jesús derramado a raudales en aquella monta­ña solitaria.
Cuando el viento helado de la indiferencia humana te haga sentir infe­rior; cuando te mires al espejo, y los patrones de belleza impuestos por los medios de comunicación te hagan sentir feo; cuando el fuego del precon-cepto te queme, y parezca derretir tus sueños, mira a la cruz del Calvario y recuerda que Jesús no habría entregado la vida por ti, si no tuvieses valor.
El amor cautiva, transforma, genera valor para soñar, vivir y luchar. Por eso, Jesús te amó y se entregó por ti: para devolverte la dignidad y la autoes­tima que el pecado te quitó.
Antes de salir hoy a enfrentar la vida tal como ella es, y no como te gus­taría que fuese, recuerda que: “No hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan”.


3 de febrero

Sin Dios eres nada

                  De Jehová son los pasos del hombre; ¿cómo, pues, entenderá el  hombre su camino? Proverbios 20:24.

NoY fluloi ryao. .L Nl oor apueld de o hloabr edre s siduo r eyaoli–dsaed l.amenta Hilda.
La joven tiene solo 15 años; una fl or que se abre a la vida, regada con sus propias lágrimas. Lágrimas de dolor. Gotas de arrepentimiento.
Mueve la cabeza de un lado al otro, e insiste:
–No fui yo.
Como si el negar la realidad pudiese hacerla volver atrás, escoger otro camino, buscar otra vereda.
–¿Cómo fui capaz de destruir el sueño de mis padres, y el mío? ¡No, no pude haber sido yo!
Pero sí lo era. Había sido ella misma quien, jugando al “amor”, se descu­briera esperando un niño. Ella, que no pasaba de ser una simple niña.
Nadie entiende las razones del alma. El corazón es misterioso e incom­prensible; te confunde, te engaña, te miente. Te hace creer que estás yendo al paraíso, y te conduce a la muerte.
Los años pasan. Creces. Te vuelves adulto... Y el corazón te sigue traicio­nando. No logras comprenderlo. Lloras repetidas veces sobre leche derrama­da; el agua que se fue, que se perdió, llevando tus sueños tierra adentro, para mojar la semilla del dolor, haciéndola brotar en forma de experiencia.
Te preguntas: ¿Por qué? Gritas: ¡No fui yo! Pero, eres tú y lo sabes. El texto de hoy es tu respuesta. Al Señor le pertenecen tus pasos; solo él sabe las verdaderas necesidades de tu loco corazón. Tú no. Tú piensas que lo sabes; imaginas que lo entiendes todo. Crees saber hacia dónde vas, pero el tiempo se encarga de mostrarte lo equivocado que estabas.
Solo en Jesús tus desencuentros se encuentran; solo en él tus desvaríos se descubren. Únicamente en Dios dejas de correr sin tregua, buscando lo que no sabes. En él, fi nalmente, tu no ser se transforma en ser.
Por eso hoy, antes de abrir las ventanas de tu vida al nuevo día, vuelve los ojos a Dios, como la fl or hacia el sol, buscando vida. Abre tu corazón al Espíritu, como la tierra seca al rocío de la mañana.
No salgas solo. Andar solo es andar a ciegas; vivir solo es morir en vida. El arco iris pierde su color. Resta solo agua, sin sabor ni color. Acuarela muerta. Flor marchita.
Jamás te olvides de que: “De Jehová son los pasos del hombre; ¿cómo, pues, entenderá el hombre su camino?”


4 de febrero
Sin sangre no h ay remisión

Y casi todo es purifi cado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Hebreos 9:22.

Existen preguntas que el versículo de hoy responde. ¿Por qué tuvo que morir Jesús? ¿Qué sucedió en la Cruz? Para entenderlo, necesitamos re­montarnos al Edén. Dios había dicho al ser humano que, si desobedecía, moriría. Adán y Eva desobedecieron y, por lo tanto, deberían morir. No solo ellos; todos nosotros. La Biblia afi rma que todos pecamos; que no hay justo, ni siquiera uno y, en consecuencia, todos estamos condenados a la muerte. San Pablo declara que la paga del pecado es la muerte. No hay remisión de pecados sin derramamiento de sangre.
El problema es que las personas no quieren morir; desean ser perdona­das y continuar viviendo. Pero, Dios y su Palabra son eternos. Si su Palabra declaró que el pecador debe morir, la muerte del pecador tiene que cum­plirse. Pero, el hombre no quiere morir; Dios lo ama, y tampoco desea que muera.
Ahí aparece un dilema: la justicia divina demanda la muerte del pecador, y la misericordia de Dios desea salvarlo. ¿Qué hacer? En ese contexto, se yergue la persona maravillosa de Cristo. Él se ofrece voluntariamente; viene a la tierra como ser humano. Era Dios, completamente Dios, nunca dejó de ser Dios; pero, asumió la naturaleza humana. Fue hombre, completamente hombre, y por los siglos de los siglos nunca más dejará de ser hombre.
Al venir a esta tierra, Jesús fue tentado en todo, pero sin pecado. Por ser Dios, ya poseía la vida; pero, como ser humano, conquistó también la vida. Fue obediente hasta la cruz. Nadie podía señalar un pecado en él; fue com­pletamente victorioso. Y ahora, se presenta a su Padre y argumenta: “Padre, la ley demanda que el pecador debe morir y que el justo debe vivir. Yo fui a la tierra, y viví una vida justa. Por tanto, conquisté la vida. Ahora, en tu Pala­bra no hay nada que diga que no puede haber un intercambio. Entonces, la muerte que el hombre merece la quiero morir yo, y la vida que yo conquisté, como ser humano, se la quiero donar al hombre”.
Y fue eso lo que sucedió en la cruz del Calvario. El Justo murió por los injustos; el Santo entregó su vida por los pecadores. Y el hombre no tuvo que hacer nada; solo recibir. Por gracia, sin pagar nada.
Todo lo que tienes que hacer ahora es creer que Jesús te ofrece la vida, y aceptarla, porque “casi todo es purifi cado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión”.


5 de febrero
Limpio corazón
                               Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Mateo 5:8.

Eugenio cerró el libro que leía, una novela de crimen, sexo y sangre. Se levantó del sofá, frente a la hoguera, se dirigió hacia la ventana y la abrió, para ver qué era lo que sucedía allá afuera. El perro ladraba con insistencia.
Su rostro, caliente por el ardor intenso de los leños, sintió el aire helado de la noche de invierno. Llamó a su perro, un pastor alemán. El animal se acercó al amo y volvió, ladrando, hacia el pequeño bosque del lado.
–¿Quién anda ahí?
El grito de Eugenio quebró el silencio de la noche. La única respuesta que obtuvo fue un fuerte gruñido del perro, que corría, enloquecido, acercándo­se al bosque.
Eugenio quedó por un momento estático, pensando qué hacer. Sus ojos refl ejaban miedo. Había oído tantas historias de asaltos; y él estaba solo aquella noche. Quiso, entonces, pensar en Dios, pero su mente, contamina­da por la historia que estaba leyendo, solo daba lugar al miedo; y su corazón temblaba. Involuntariamente, empezó a ver las escenas de violencia relata­das en la novela, y se sintió más solo y desamparado que nunca.
¿Qué tiene que ver esta historia con el versículo de hoy? El texto habla de un corazón puro. Jesús dijo, en el Sermón del Monte, que los que tienen el corazón puro son felices. Eugenio no tenía el corazón puro en aquel momento. Acababa de colocar basura en su mente. Sus temores, aquella noche, no pro­venían del bosque ni del ladrido desesperado de su perro, sino de su mente y de las escenas de horror y sangre que acababa de colocar en ella. Su corazón estaba contaminado, y él no podía ver a Dios cuando más lo necesitaba.
La palabra “puro”, en el original griego, es kataros, que signifi ca, entre otras cosas, “que no tiene mezcla”. Como el aceite, que no contiene agua.
¿Qué sucede si colocas en tu mente cosas buenas y cosas malas, al mismo tiempo? Tu mente deja de ser kataros; se vuelve agua envenenada. Entonces, al llegar el momento difícil, el agua no calma tu sed; está contaminada y pue­de provocarte la muerte. Jesús desea lo mejor para ti. Quiere que seas feliz y camines diariamente sin temor. Por eso, te aconseja que no contamines la fuente de tu corazón.
Sal de casa hoy, dispuesto a colocar solo cosas buenas en tu mente. No lo olvides: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”.


6 de febrero
¡Resplandecerás!

Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga. Mateo 13:43.

cristian quería brillar. Como estrella en medio del cielo azul nocturno; como explosión del fi rmamento, en el despertar de la mañana. Brillar con luz propia. Ser aplaudido, aclamado, homenajeado.
En sus interminables noches de delirio, se soñaba andando por las calles; las multitudes corriendo detrás de él, en busca de un autógrafo. Se imagina­ba rodeado de chicas guapas, sonriendo para las cámaras, relumbrado por los fl ashes, agitando la mano para sus admiradores.
Y brilló. Su deslumbramiento fue corto; estrella fugaz. Se apagó, consu­mida por el tiempo.
¡Cuántas estrellas, como Cristian, brillaron en esta vida! Unas más, otras menos. Aplaudidas, aclamadas, casi idolatradas. El tiempo las apagó. Hoy solo quedan recuerdos.
¡Tiempo! ¡Oh, tiempo inexorable! Tiempo impiadoso, implacable, cruel. Nadie escapa de tus manos. Tu sombra avanza, atemorizante, sobre cual­quier mortal.
Pero, el texto de hoy habla de un brillo que jamás acaba. Nada tiene que ver con aplausos, fama o dinero. Tiene que ver con vida y con justicia; tiene que ver con el Reino del Padre.
El Reino del Padre no es un reino material; no lo puedes ver ni tocar. Los sentidos no lo perciben; es necesario mirarlo con los ojos de la fe. Fe es creer, confi ar, sacar el pie del barco y colocarlo en el agua.
Para brillar en el Reino del Padre, necesitas salir del materialismo que te rodea. Debes abrir tus alas y volar hacia la dimensión de los valores eternos. Está lejos de la carne; tiene que ver con el espíritu.
Pero ¿cómo hacer todo eso más fácil, más comprensible, más humano?
Haz de Jesús el centro de tu experiencia diaria. Búscalo cada mañana, antes de correr detrás de tus sueños. No vayas solo persiguiendo el brillo; el brillo seduce, engaña y mata. Si no, pregúntale a la mariposa. Te responderá, con sus alas heridas, con su dolor y con su muerte.
Hoy es un nuevo día. ¡Brilla! No te intimides frente a las nubes oscuras que te rodean. No retrocedas, sino avanza, lucha, trabaja. Pero recuerda que, cuando esta vida acabe, solo “los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga”.


7 de febrero
Ángeles

Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus
caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en
piedra. Salmo 91:11, 12.

La vida de Jorgito se apagaba. Los médicos lo habían intentado todo. Mauro y Angélica, tomados de la mano, observaban el cuerpo del hijito, conectado a una extraña máquina.
De repente entró en el cuarto un joven médico, se aproximó al niño, le tomó el pulso, le hizo una caricia en el rostro, y salió. Dos minutos después, Jorgito abrió los ojos y empezó a quejarse por los aparatos que aprisionaban su cuerpo. Nadie entendía nada, pero los médicos lo sacaron de la máquina. ¡El niño estaba sano! Misteriosamente sano. Nadie más volvió a ver a aquel médico. Mauro y Angélica aseguran que fue un ángel.
El pragmatismo de este mundo duele, porque la materia solo vive de sen­saciones. El materialismo esclaviza. Transforma al ser humano en víctima de los sentidos, incapaz de mirar más allá de su humanidad.
Sufre. Nada puede hacer ante las adversidades de la vida. No sabe qué hacer ni hacia dónde ir, pero se resiste a vivir por la fe. Las cosas espirituales le parecen ingenuas; a pesar de eso, las necesita.
El texto de hoy presenta una promesa que tiene que ver con la fe. Te conduce al reino espiritual, que el Señor Jesucristo vino a establecer entre los hombres.
Los ángeles existen. Están a tu lado. No los ves pero, si crees en la Palabra de Dios, ellos cuidan y vigilan tus pasos por donde quiera que vas. “En las manos te llevarán –asegura la promesa– para que tu pie no tropiece en piedra”.
Cuántas piedras estorban tu camino: difi cultades, obstáculos, troncos que atraviesan la carretera de tus sueños, impidiendo que llegues al glorioso destino que el Señor te preparó.
La promesa de hoy es que, aunque el camino esté lleno de obstáculos, el ángel del Señor te llevará en sus manos, y serás fi nalmente victorioso.
Tienes que creerlo. Tal vez, tu mente pragmática no lo entienda, pero tienes que creer. El cumplimiento de la promesa depende de tu fe.
¿No necesitas, en este momento, de una promesa semejante? ¿No te sien­tes cansado y a punto de renunciar a tus aspiraciones? Si todo te falló, ¿por qué no le das crédito a Jesús? Piensa en lo que afi rma el texto: “Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra”.


8 de febrero
Obras de la carne

Y manifi estas son las obras de la carne, que son: adulterio,
fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades,
pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías. Gálatas 5:19.

El versículo de hoy muestra que el gran problema de la humanidad es la naturaleza pecaminosa. Tú no eres pecador porque matas, robas o mientes; tú haces todo eso porque eres pecador. Si no fueses pecador, no cometerías actos pecaminosos. ¿Te das cuenta? Todas las cosas malas son obras de la carne, frutos del pecado, consecuencias de estar alejados de Dios.
El verdadero pecado es el estado de lejanía de Dios. Todos nacemos así. David dice: “En pecado nací y en pecado me concibió mi madre”. Él está hablando acerca de la naturaleza pecaminosa; lo que los teólogos llaman pecado original, que no es lo mismo que culpa original. La Biblia no apoya la idea de una culpa original. Un niño nace con pecado original; esto es, con la tendencia al pecado, alejado de Dios por naturaleza. Pero, no tiene culpa y, por lo tanto, no necesita ser bautizado.
San Pablo, en la Epístola a los Romanos, capítulo 7, habla de la lucha terrible dentro de sí. En el momento de la conversión, Dios colocó en él la naturaleza de Cristo pero, dentro de él, está todavía la naturaleza pecamino­sa, que se opone al bien. Todos los seres humanos tenemos esa lucha interior; por eso quieres servir al Señor, pero no puedes. Parece que dentro de ti hay un monstruo que te lleva por el camino del mal. Ese monstruo es real. Existe. Y se llama “naturaleza pecaminosa”.
Gracias a Dios que, a pesar de eso, en Cristo podemos ser completamente victoriosos y, cuando Jesús vuelva, fi nalmente seremos librados por comple­to de esa naturaleza, porque “esto mortal será vestido de inmortalidad y esto corruptible, de incorruptibilidad”.
Haz de este día un día de victoria en Cristo. Coloca tu vida en sus manos, y parte hacia los desafíos seguro de que, al lado de Jesús, la victoria está garan­tizada. Somete a Dios el viejo hombre, porque “manifi estas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechice­rías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías”.


9 de febrero
Conforme a tu Palabra

Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia. Lucas 1:38.

Una de las personas más conocidas del planeta es María, la madre de Je­sús. La niña sencilla, de 16 años, que un día dispuso su vida al servicio de Dios, se convirtió en una persona admirada y seguida en los cuatro extre­mos de la tierra. Su nombre atraviesa tiempo, cultura, raza e idioma. Brilla en la memoria y en las emociones de millones de seres humanos.
No corrió detrás de la fama; no buscó gloria. Quiso únicamente servir: “He aquí la sierva del Señor”, dijo, “hágase conforme a tu palabra”. Y, sin embargo, es reverenciada por todas las generaciones.
“Dios da barba a quien no tiene quijada”, me decía, un día de esos, Anny. Su sueño era ser estrella de televisión, y pensaba que yo podría ayudarla de alguna forma. “Usted conoce mucha gente”, me dijo, con un brillo de ex­pectativa en los ojos. “He luchado, he tocado puertas, me he esforzado. Pero estoy lejos de ver mi sueño hecho realidad. ¿Por qué personas que no quieren ser famosas consiguen todo?”
Quizá sea por eso, Anny. Sin duda es por eso. La fama, el dinero, el poder, el prestigio no pueden ser el objetivo de la vida. La verdadera motivación debe ser el servicio; lo demás es consecuencia.
Si haces de tu vida una obsesión por alcanzar cosas, puedes incluso con­seguirlas; pero ¿de qué te valen? Continuarás insatisfecha y vacía. Correrás, entonces, detrás de las sensaciones alucinantes del placer, pensando que es eso lo que falta para llenar el vacío de tu corazón. Y, un día, descubrirás que desperdiciaste los mejores años de tu vida corriendo en pos de pompitas de jabón. Ilusión. Espejismo. Sentirás un sabor amargo en la boca. Sabor de derrota. Tristeza obsesiva. Depresión.
La pureza, la simplicidad y la humildad de una niña como María nos en­señan el secreto del éxito. Hoy, los grandes profesores de Liderazgo escriben acerca del “líder siervo”; parece el gran descubrimiento de la última década. Se habla y se enseña sobre cómo desarrollar la inteligencia emocional. Las empresas envían a sus ejecutivos a asistir a seminarios, para que aprendan algo que la virgen María, con su actitud desprovista de pretensiones, enseñó siglos atrás.
Por eso hoy, antes de salir en búsqueda de tus sueños, detente y piensa. ¿Cuáles son tus motivaciones? Al hacerlo, refl exiona en la virgen María, que respondió: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”.


10 de febrero
Grandes cosas

Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre,
y su misericordia es de generación en generación a los que le temen.
Hizo proezas con su brazo... Lucas 1:49, 50.


El sol despunta en las montañas de Judá. Una jovencita camina, pensativa; túnica y sandalias viejas; tristeza y alegría en el rostro. Vez tras vez se aca­ricia el vientre; quiere sentir el palpitar de la vida que se genera dentro de ella.
La mezcla de sus sentimientos nace de la confusión. Su mente es un re­molino de ideas. Se siente feliz por llevar, dentro de sí, a alguien tan especial. Al mismo tiempo, la tristeza la envuelve. Sabe que el pueblo la condenará, al enterarse de la noticia.
Llega a una ciudad escondida entre las montañas; todos llegamos. Si par­tes, acabas llegando; es una ley de la vida. Al llegar, el niño salta dentro del vientre de su prima, y lo percibe. Hay cosas que no se pueden ocultar.
Es en estas circunstancias que la joven ora: “El Poderoso me ha hecho gran­des cosas”, dice. ¿De qué grandes cosas habla? ¿Qué maravillas había obrado el Poderoso con ella? “Hizo proezas con su brazo”, sigue diciendo. ¿A qué se refi ere?
El texto de hoy fue extraído de la oración que María hizo cuando visitó a su prima Elisabeth, para darle la noticia de su embarazo. El niño era Jesús.
Tú y yo, hoy, sabemos que María había recibido un privilegio. Había sido escogida, entre millones de seres humanos, con el fi n de ser la madre del Sal­vador. “Bendita tú entre las mujeres; y bendito el fruto de tu vientre”, la había saludado su prima.
Elizabeth, tú y yo lo entendemos; siempre hay gente que te entiende. Pero, no todos están dispuestos a hacerlo.
La multitud, seguramente, hablaría pestes al enterarse de que una joven que aún no había convivido con su prometido esposo estaba encinta; sería motivo de chacota y de burla. Lenguas venenosas se encargarían de malversar la situación. Pocos creerían que aquel niño era fruto del Espíritu Santo.
Y, no obstante, María creía que el “Poderoso” había hecho grandes cosas con ella. La joven miraba más allá de la tormenta.
¿Tienes miedo de que el pueblo no entienda tu actitud? ¿Ha colocado el Señor certidumbre en tu corazón, pero sabes que los otros no te entenderán? No te preocupes. Lo único que debe importarte es que lo que vas a realizar es la orden de Dios. Y, aunque los demás no te entiendan, enfrenta el desafío diciendo: “Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nom­bre, y su misericordia es de generación en generación a los que le temen. Hizo proezas con su brazo”.


11 de febrero
La dimensión del amor

El amor sea sin fi ngimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Romanos 12:9.

Leo observó, maravillado, la danza de las extrañas fi guras ataviadas con ropas orientales: tres mujeres, moviéndose seductoramente en el palco. Se acercó y vio, con asombro, que eran jóvenes y hermosas. Tenían los ojos verdes, relucientes como las esmeraldas. La imagen de sus cuerpos en mo­vimiento cautivó su mirada durante varios minutos. Al terminar el espectá­culo, se acercó a una de ellas. Era morena, de rostro triste. Su tristeza no era coherente con la danza que acababa de presentar.
Fue algo inexplicable. Solo una hora de conversación, y ambos llegaron a la “conclusión” de que estaban profundamente enamorados. Así comenzó una historia de dolor, de angustia y de muerte.
Meses después, Leo no pudo soportar el dolor de verse engañado. Su mundo quedó en tinieblas, y sus emociones, perturbadas, le hicieron come­ter un crimen que lo llevaría a la prisión por varios años. Todo sucedió la noche en que ella le confesó que nunca lo había amado; se había casado con él solo por causa de su dinero.
–¿Cómo puedes decir eso, si pasamos tantos momentos maravillosos? –preguntó el joven engañado, al límite de la desesperación.
–Fingí. Simplemente, fi ngí –fue la respuesta, dura y fría.
Lo que sucedió después lo relataron los periodistas con lujo de detalles.
“El amor sea sin fi ngimiento”, advierte Pablo, escribiendo a los romanos. Él no se refi ere solo al amor de una pareja; el consejo sirve para todas las circunstancias que el amor involucra. El amor es el sistema circulatorio de las relaciones humanas. Cuando la sangre llega, sana, a cada miembro del cuerpo, comunica salud y lo capacita para ejercer sus funciones.
Pablo menciona que el amor sano es sincero, auténtico y sin fi ngimiento. Se muestra como es; no se coloca máscaras. No se esconde; no camina en las sombras; no combina con la penumbra.
Ese tipo de amor no es pasivo, es movido a la acción. Extiende la mano en dirección del necesitado. Renuncia, a veces, en favor del otro. Paradójica­mente, el mayor benefi ciado no es el amado, sino el que ama.
Por eso, hoy, proponte amar, sin máscaras. Recuerda el consejo sabio: “El amor sea sin fi ngimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno”.


12 de febrero
En gloria

Cuando Cristo, vuestra vida, se manifi este, entonces vosotros también
seréis manifestados con él en gloria.
Colosenses 3:4.

Estaba delante de mí, en la escalera eléctrica que nos conducía a la pla­taforma del tren, en el aeropuerto de Dallas. Delante de mí estaba ella, como tantas otras personas. Me llamó la atención por un simple detalle: llo­raba. Discretamente, como si tuviese vergüenza de mostrar sus sentimientos.
Por algún motivo que no sé explicar, me conmueven las lágrimas. Qui­siera andar con un pañuelo, enjugando el llanto de todas las personas tristes; pero me descubro insignifi cante, limitado, incapaz de hacerlo. Y, sin em­bargo, me continúa doliendo el dolor ajeno. No me permite ser feliz; no plenamente. Me recuerda que vivo todavía en el imperio de la tristeza y de la muerte, en el que llorar sea, tal vez, la mejor manera de sacar el veneno que destruye el alma.
Nunca sabré cómo se llamaba la dama triste que vi llorar en el aeropuer­to de Dallas. Pero, sé que la vida siempre será incompleta sin Jesús.
El texto de hoy habla de vida y de gloria; se refi ere a la gloria que recibi­rán los redimidos cuando Jesús se manifi este de manera victoriosa y triun­fante a este mundo. Pero, su aplicación es alentadora hoy, mientras todavía transitamos por el desierto de esta vida.
San Pablo habla de “Cristo, vuestra vida”. No existe vida cuando estás lejos de Jesús. Él es la vida. Todo lo que el ser humano viva separado de la Fuente de la vida es un remedo de vida; frustración; vacío; búsqueda incan­sable; simple sobrevivencia. Yo no sé si la mujer del aeropuerto conocía a Jesús; no tuve tiempo de hablar con ella. Bajó del tren un vagón antes que el mío. La vi marcharse, con su porte de ejecutiva, su atuendo caro... y sus lágrimas.
Me quedé pensando en el dolor de aquella mujer, en su lucha interior, en sus difi cultades familiares, en sus sueños frustrados. Y tuve ganas de escribir este devocional, para decirte que la vida solo vale la pena ser vivida con Je­sús. Con él, hasta el dolor tiene sentido; incluso las lágrimas signifi can espe­ranza. La esperanza de que un día todos los que creímos en Jesús “seremos manifestados en gloria”.


13 de febrero
Nos amó


Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga
vida eterna. Juan 3:16.
Nuenncsaeñnaald di ee md eer ra omt aó. –se queja Germán, con la cabeza entre las manos,
Es el cuadro de la desesperación, de la impotencia; la aceptación elocuente del fracaso.
Germán es homosexual; abusaron de él cuando era solo un niño de ocho años.
–¡Es injusto lo que la vida hizo conmigo! –se lamenta.
Durante algún tiempo, el joven moreno, de cabellos rizados y sonrisa tris­te, trató de racionalizar su pecado. Argumentó que era un asunto de “preferen­cia” sexual, y que los tiempos habían cambiado.
Tal vez los tiempos hayan cambiado. Acaso la cultura de nuestros días in­tenta aceptar cualquier desvío de la conducta como algo normal. Pero, el an­gustiado grito de su corazón no cambiaba. Germán sabía que había salido de las manos de Dios y que nunca sería completo si no se volvía a él. Su corazón buscaba el retorno a la plenitud, que solo podría ser encontrada en el Creador.
Germán era despreciado, rechazado, dejado de lado, a pesar de que se unía a grupos reivindicatorios y exigía que se respetasen sus derechos. De aquel rechazo nacía su tristeza, su sonrisa melancólica, y las lágrimas que derramaba a solas cuando se encontraba entre cuatro paredes y sentía la ausencia de Dios.
Una noche triste, de sus tantas tristes noches, me vio hablando en la televi­sión. Lo que tocó su corazón fue saber que era importante para Dios, a pesar de que él siempre había creído que no le importaba a nadie.
El hecho de saber que Dios lo había amado tanto que entregó a su Hijo unigénito para morir en la cruz, por él, lo conmovió. Se sintió más malo que nunca; sucio; indigno. Pero, misteriosa, incomprensible e incoherentemen­te feliz. Aquel momento constituyó el comienzo de una nueva experiencia. Aquella noche, frente al televisor, el joven de sonrisa melancólica y cabellos acaracolados entendió que su valor no radicaba en lo que era, sino en lo que Jesús había hecho por él en la cruz del Calvario.
Por eso hoy, antes de enfrentar las vicisitudes de la vida, piensa un poco en el amor maravilloso de Dios por ti. Y que eso te inspire a vivir un nuevo día. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”.



14 de febrero
Confianza
Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti perse­vera; porque en ti ha confi ado. Isaías 26:3.
Los dos últimos años fueron muy difíciles para Jaime. Desempleado, con la autoestima por elsuelo y el hogar al borde del colapso, no resistió a la tentación de encaminarse por las tenebrosas avenidas de la deshonestidad. Al principio, todo iba bien. En pocos meses, había logrado ganar lo que no pudo percibir honestamente en varios años. Con dinero en el bolsillo, apa­rentemente su vida volvió a la normalidad. Tuvo paz exterior. Pero, pasaba noches enteras sin dormir, castigado por el peso de la culpa. A pesar de ello, creyó que valía la pena.
Repentinamente, cuando pensaba que nadie lo descubriría, su delito se hizo de conocimiento público y, además de la vergüenza y el escándalo, aca­bó en prisión.
La paz que el profeta menciona, en el texto de hoy, no es la paz del cuerpo sino del alma. La paz que realmente vale. Aquella que organiza tu mundo interior y te prepara para los embates de la vida.
Es lamentable que, a veces, el ser humano confunda las cosas. Busca la paz exterior a cualquier costo, aunque para eso tenga que violar la propia consciencia. Después, en el silencio de su insomnio, no se explica lo que sucede; solo sabe que algo lo perturba por dentro, lo hace infeliz. Es como el martillo que golpea sin parar, incomodando, hiriendo, asfi xiando.
El profeta Isaías habla hoy acerca de la paz que nace de la confi anza en alguien que nunca falla. Menciona la perseverancia como condición para re­cibir esa paz. Dice: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera”. Perseverar, en el original hebreo, es camak, que literalmente signifi ca “descansar la mente en algo”.
Yo sé que es difícil descansar cuando el mar a tu alrededor está agitado. Cuando no hay dinero para atender las necesidades de la familia; cuando la enfermedad toca a la puerta o la muerte te merodea. Sin embargo, el consejo del profeta no falla: en los momentos más difíciles, coloca la mente en Dios y descansa en él, aunque aparentemente nada ocurra, aunque te parezca infantil.
No desistas. Lo primero que Dios hará en tu vida es colocar paz en tu corazón, y después, curado de tus ansiedades, él te usará a ti mismo como el instrumento poderoso para hacer maravillas.
Por eso hoy, aunque solo veas sombras en tu entorno, parte hacia la lucha recordando que Dios “guardará en perfecta paz a los que en Él perseveran”.

1 comentarios:

Doris dijo...

Gracias a ustedes pude obtener la meditación que compartiré este día con mis amigos. Bendiciones y gracias por hacer este espacio para que el amor de Dios pueda difundirse.
Doris Barrera, Guatemala, C.A.

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